viernes, julio 21, 2006

El Conejo y Los Gatos


…en esa pleamar de lenguas,

gusarapos y mil constelaciones.

Edgar E. Ramírez.


El Conejo y Los Gatos.

Quiero que me entiendas. Que no regañes. Que no interpretes. Que no leas entre líneas. Que no repliques. Que termines de hacer lo que estabas haciendo y que me escuches. Por favor. Porque, es que es típico de ti, bueno no, es típico y digo en general - aunque generalizar nunca sea de lo mejor que hay - es típico de las mujeres que interpretan. Y no sería nada que interpretaran, el problema es que interpretan mal. No, mejor dicho, interpretan de lo ya han interpretado y así, siguen, hasta el fin del universo. O sea, sacan conclusiones que no son. Porque, no es que no sean buenas interpretando, está bien que lo hagan, así es el mundo, la mujer interpreta y está bien. Me parece perfecto, pero, volviendo al punto. De que. Son buenas pa’ comunicarse eso ni negarlo, que se la pasan conversando, por supuesto, sin dejar de hacer las cosas que deben hacer y las que no deben, también. Hablando, contándose tonteras que no interesan a nadie excepto a sus buenas amigas y a alguno que otro pariente interesado, a, y bueno, también al tipo que intenta llevarse ese pedacito, el pedacito-pedacito, de las cosas que son y que al final hay que aceptarlas así, porque, de que la cosa va, va. Como te decía, para empezar, por que, la verdad siempre tiene que uno que empezar, es lógico si piensas, y lo que se espera si uno es el interesado. Por ejemplo, cuando quieres ir a una tienda a comprar un chocolate, primero debes moverte, para ello debes levantarte, no muy tarde, por que los buenos chocolates los pillas, más bien temprano. Aunque, en realidad, yo nunca he sido muy asiduo a los chocolates, y bueno, tu tampoco. ¿Te acuerdas la vez en que te regalé un chocolate que tenía en mi mochila y pensaste que no era para ti? ¿Por qué dijiste eso? ¿Realmente lo pensaste o era para que te dijera eso de los chocolates? Tu sabes, lo de los chocolates. No te acuerdas. ¿No te acuerdas de lo de los chocolates o no te acuerdas del tema sobre los chocolates? Como. No, pues. Si importa. ¿De verdad? – Situación de tiro al blanco, mejor no responder y hacerse el imbécil – Entonces, cuando uno quiere ir a una tienda a comprar un chocolate debe ir uno. Obvio, dirás tu, pero no lo es tanto, por que hay tanta incongruencia entre lo que decimos que hacemos, lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, que al final todo se vuelve una enredadera que no tiene pies ni cabeza, o sino, mira por ejemplo, Concepción. Que es una tontera completa porque así parece ser la manera en que estamos acostumbrados a estar y no la vamos a cambiar, a no ser, que por fin Concepción sea una república independiente, pero vacía, sin penquistas dentro, ni santiaguinos, ni valdivianos, ni nadie. Y con esto me refiero a Hombres y a mujeres, para que se interprete de buena manera y se entienda bien. Por que hay casos en que las mujeres escuchan ciertas partes de las frases, o por decir. Si, mira, es como cuando uno está comiendo papas cocidas. Papas cocidas, pero de esas bien secas. Hay veces en que uno, por comer, no sé que afán tiene uno por comer – bueno, yo en particular como muy rápido, aunque trato de no ser tan maleducado, pero es que estoy tan acostumbrado que no me aguanto. Entonces, las papas secas se van a la boca y ponte en el caso de que te llevas un pedazo de una más o menos grande, y no la mueles muy bien. Pasa que, como que, se demora un rato cuando la pasas por la faringe, debes esperar, o tomar un trago de vino, que al final, si ocupas la misma técnica para tragar toda la comida, cuando te paras de la mesa no entiendes nada, entonces, mejor mastica, porque la idea es comunicarse y no emborracharse que es todo un embrollo. La papa sigue en la garganta. Pero ya te quieres comer la otra, pero no puedes. - Claro que no es así la cosa en la realidad, pero - Imagina que la papa se te enfría y al final, habían cuatro papas en el plato, pero te alcanzaste una, te comes una, digieres una. Bien, pues es lo mismo. Las mujeres, como que, digieren las palabras. Diariamente las digieren, pero cuando viene una muy pesada, entonces, ayayay. Entonces dos cosas pueden pasar – bueno, pueden pasar mil cosas más, pero como esto no se trata de las mujeres, temita al cual le han dedicado las cosas desde siempre y que a mí en lo personal, me parece muy latero, habiendo tantos temas, como por ejemplo el del conejo o no sé - se quedan con la palabra un rato y luego la desprecian y se van y nunca más te la miran, te la dejan en la mesa como un vaso sucio de restaurante, o, lo otro que puede pasar, es que se la lleven. Entonces, la digieren, pero te sacan todo el arsenal de anteriores que tienen e incluso le meten nuevas palabras cosa que uno no sepa que responder. Eso. Es, tan bueno, tan rico, tan típico, tan obvio, tan normal, tan fantástico, tan malo y tan horrible y tan feo. Por que si uno, por último se entendiera uno, cosa de idiotas no entenderse, pero hagamos cuenta de que uno anda por la calle, o por ahí, por la vida completa, haciendo algo que no tiene idea si está bien o no. Si es lo que realmente quiere hacer o no. El gran dilema aquí es que no todo el mundo puede andarse diciendo que no está haciendo lo que debería, por que sino, adonde quedaría la gente que trabaja y que hace que esto funcione, independientemente de que funcione como las hueas, pero de que funciona, funciona al fin. Y eso uno tiene que ir aprendiéndolo desde chico y es todo un trabajo. Me acuerdo de una vez, de cuando era chico, que pensaba que siempre los que atendían en los negocios de mi barrio, me tenían que dar vuelto. Entonces, una vez, fui a comprar una lechuga para mi conejo regalón, por que tenía un conejo regalón que ni me acuerdo como se llamaba, era un conejo blanco que tuvo un final trágico, pero porque pasaron cosas antes y hubo un malentendido entre mi papá y yo. Y bueno, pasaron cosas después, pero eso no es lo importante. Lo que pasó, es que el conejo vivía en una cajita, de madera con metal. Entonces esta cosa tenía una puerta que se abría hacia arriba. Yo, tenía al conejo en los brazos, y todas, pero es que todas las veces que lo metía a la caja de nuevo, me rasguñaba con las patas traseras porque se ponía nervioso de que yo lo tomara, de que lo sacara al patio y sobre todo, se ponía nervioso en el trayecto en donde alcanzaba a ver altura por entre mis brazos cuando estaba traspasándolo de un lugar a otro. Además, yo creo que se sentía seguro en su cajita, y así y todo, encerrado y medio loco. Pero no importaba mucho porque la cosa es que conocía el lugar y se quedaba dentro. Bueno, un día, yo, andaba con una polera de magas cortas y me hizo la misma de siempre, me saltó y al saltar me rasguñó y me sacó sangre. Entonces me piqué y en vez de cerrarle la puerta despacio, se la cerré de golpe, pero pa’ asustarlo no más, pa’ que sintiera el ruido. Fue pura mala suerte, que tuviera su patita afuera de la reja y se la quebré con la fuerza. Así que, ahí andaba comprando una lechuga pa’ regalonear a mi conejo regalón, con treinta pesos que saqué de mi chanchito, que no sé si era chanchito o que cosa, pero se entiende. Al conejo le gustaban las lechugas más que ninguna cosa en el mundo, entonces, para disculparme, le fui a comprar. Estaba recibiendo las lechugas - que el final le compré dos porque me dio cargo de culpa - cuando quedé mirando al tipo y le pido el vuelto. Está justo, me responde, y yo el idiota le digo: Ah, ¿y no hay vuelto? No, me dice y se da la vuelta, para tomar una naranja que se le caía del mesón trasero. Me fui, con las dos Lechugas, una en cada brazo. Dejé una a cada lado de la jaula del conejo y lo dejé ahí y lo empecé a mirar. No reaccionó. Estaba vivo pero no reaccionaba. Parece que ahí, en ése momento, decidió morir. No le dije nada a nadie. Mi papá lo mató por que pensó que tenía alguna enfermedad y no sé si finalmente lo comimos. Si así fue, no me acuerdo y de todas formas, fue inconsciente, por que yo nunca supe que había pasado con el conejito realmente. Después de eso supe un poco más de cómo funcionaba el mundo y mucho, pero muchísimo más tarde intuí que los malentendidos pueden matar. Entonces lo que pasa es que voy entendiendo de a poco, como funcionan las cosas, como hacer, que decir, que sentir, como vivir. No me importa la felicidad, realmente. Me parece imposible y además, limitante. No creo que algún día sea feliz. Dicen la mitad superior del cuerpo puede y pensar y hacer planes y crear inventos y hacer tonteras, pero la mitad inferior es la que define inexorablemente nuestro destino. A pesar de todo y de todos, no estoy de acuerdo con lo que me pasa, pero tampoco sé si está bien. O mal. Quiero decir, que no estoy de acuerdo con nadie y eso puede ser un problema cuando uno quiere decir algo. Y además, lo que me pasa es que te extraño. Pero el problema es que me tengo que ir, tengo que hacerlo, pero duele, duele como fierro caliente, duele en círculos y en cuadrados, duele por todos lados, duele rebalsando, duele por épocas y siempre duele, duele en las tardes y en las mañanas, duele cuando no debe doler, cuando si debe, duele para saber tolerar, duele por ahí. Por el cerro, la casa, la cama, el perro, la comida, la luna, el pato, la sal, el queso, los chocolates, duele. Por todas partes duele, más que la cresta, duele, duele como fierro ardiendo, duele por las axilas y por las entrepiernas y duele hasta por si acaso y duele además, que sea mi culpa. Duele que estoy aquí porque no sé quien soy, quien seré ni nada. Y duele, pero no sé a quien le duele. Es como cuando te llaman por teléfono, que uno puede suponer, a lo más, quien lo llama, y para qué le quieren. Pero eso es sólo por el momento, por el instante. Porque si uno llegase a achuntarle, quién es, igual, nunca se sabe, a que te va a llevar esa llamada, que se convierte en hecho, en acciones, en cadena, en daguerrotipo y al final, ¡Caput! Entonces, por lo mismo, mejor, uno contesta siempre con tonito de duda, ¿Alo? ¿Si? De parte de quién. Como si el otro tuviera todas las respuestas, cuando a lo más, te puede decir como se llama, para que te quiere y ahí decidir que tienen que ver el uno, con el otro, a no ser, que no sea para ti o que alguien ande marcando equivocado, porque esos. Esos si que son idiotas. Hay veces en que le toca justo a uno, todo un día de puras preguntas tontas: No, aquí no vive ninguna persona con ese nombre. Ahhhhh, se quedan. Como si uno supiera cuál fue el número de la seguidilla que marcaron mal ¿Qué le puede decir uno a alguien así? Por último, si supieran a quién llaman.

Diego Letelier Delgadillo.


viernes, junio 30, 2006

El nuevo mundo


“Y aunque hay algunas crónicas de los nativos, estos saberes fueron borrados de la

tradición histórica. A pesar de ello se expondrán, lo que ya es bastante,

teniendo en cuentala férrea empresa de exterminio

imperante hasta nuestros días.”

Guido Reim-Kloss.

EL Nuevo Mundo

En aquél año del señor (1783), mismo en el cual, el padre Francisco Menéndez agenciaba por la Cuidad de los Césares en la alta cordillera, hollaba por primera vez el suelo Americano, un Marqués de Bradomín. Los motivos que llevaban al joven aristócrata, a dicha aventura, eran distintos a la fortuna y al reconocimiento en la posteridad, sin embargo, igualmente, serán enunciados en este informe. Pasó que en sus albores infantiles, una anciana criada le narró historias tratantes sobre la Flor de la Eterna Juventud. Este relato venido de antiguas pasiones súmeras caló hondo en el célibe joven, dando paso a propias ambiciones y pensamientos.

Es comprensible que en esos años, las historias de América inundaran Europa y sobre todo a España. Por ello, es explicable también, que el marqués, de tanto escuchar cosas del territorio virgen, llegara a concebir plenamente la existencia de esta Flor, en compañía, además, de variadas hierbas para cumplir los deseos más impensados. El marqués, llegó a suponer, que una de dichas plantas tendría la virtud de darle al hombre el cuerpo de una mujer. Tales eran sus pensamientos muy adelantados para la época, en la cual se sabe, no existía aún la idea del cambio de sexo, concretada hoy, solo por nuestra medicina moderna.

Al llegar;

a la isla de La Española y ver negros altos y bajos; indios y mestizos de todas clases trabajando, sudando, riendo y peleando; mujeres casi desnudas; e inclusive un cadáver recién fresco, quedó gratamente sorprendido por América. Y se convenció aún más, viendo en aquellos hechos, buenos augurios para su fantástica empresa. Decidió alojar en una posada repleta de prostitutas, sábanas, fluídos, grasas de animales, vasos sucios, camas duras y olores del tercer mundo.

Esa noche, por guardar las apariencias, se llevó a la mujer más bella y despampanante del lugar, para su cuarto, la misma, que luego de conversar varias botellas de vino, se le confesó una acérrima lesbiana. El Bradomino no se dejó ganar y se declaró prontamente, un homosexual de cabo a rabo. Además le participó la historia del mito antiguo y le dejó oír, sus pensamientos y deseos. Tal entusiasmo se formó en el seno de la pareja, que esa misma noche decidieron partir juntos, apenas los preparativos esenciales (aparejos, almuerzas, atavíos, caballos, indios, etc), estuvieran en un orden aceptable.

Este viaje estriado por la peste, sangre, traiciones y muerte (cosa tradicional en América que ahorraré para no hacer del tedio algo innecesario) los condujo finalmente a un valle exuberante, ubicado en el sur y habitado por nativos. El Marqués y la Prostituta, muy menoscabados por el viaje, fueron atendidos en una aldea, alimentados y curados de sus heridas tanto del cuerpo como del alma. Ergo de unas cuantas hebdómadas, los indígenas les llevaron, por pura casualidad, a un hierbal profundo que formaba la saliente de un río subterráneo. Preguntó el Marqués por el paisaje, le dijeron: ilkeman tahe mákletem – Las flores del cambio de cuerpos -. ¡Albricias! El Marqués y la Prostituta se atiborraron los estómagos de flores.

Todo un muy soleado día, se bañaron desnudos. Se abrazaron y se besaron muy alegres por el hallazgo (y por el fermento de una fiesta local improvisada). Luego de dormir, harían efectos las flores mágicas. Así es que al otro día no fue sorpresa para el Marqués encontrarse en un cuerpo de mujer, ni para la Americana su nuevo cuerpo de hombre.

El Marqués y La Prostituta probaron los nuevos cuerpos esa misma tarde, en las aguas del río mientras la comunidad se daba un baño familiar. El Marqués fue poseída por un guerrero joven y La Prostituta amó a una bella esposa del jefe tribal. Así estuvieron toda la tarde, hasta que exhaustos, decidieron irse a dormir. En la tienda de los dos extranjeros se produjo el siguiente diálogo:

- Os gustó la experiencia, querida?

- Mi amigo, la verdad, no sé, que deciros.

- A mí, realmente, mi estimadísima compañera, me ocurre algo parecido.

- Me pasa lo mismo, querido. Pero, a no desesperar.

El Brandomino se durmió al instante y La Prostituta decidió hacer lo mismo. Al otro día lo intentaron de nuevo, con más ganas, ardor y entusiasmo, pero el resultado fue el mismo. Es que no resultaba placentero para El Marqués hacer el amor con hombres y ni para La Prostituta, con mujeres. Inmediatamente resolvieron no rendirse por el espacio de un mes, hasta que sus nuevos cuerpos y ellos mismos lograran afiatarse en esta, añorada, pero nueva relación.

Como el tiempo entre los nativos es relativo y azaroso, pasaron tres meses de experimentos (muchos de ellos extremos) antes de que hubieran de hablar con el jefe brujo de la comunidad. La ley de la familia decía que debían esperar una costumbre que se iniciaba por un mandato del mar.

El calendario occidental daba el mes de María cuando La Prostituta y el Marqués caminaban por la playa. La caminata los llevó muy cerca de una ballena encallada. Al verla los nativos, que venían más atrás, se alegraron mucho. Rápidamente comenzaron a buscar caracoles marinos para soplar. Las otras familias les respondieron a lo lejos, con el mismo sonido del caracol. Cuando los demás clanes comenzaron a llegar, los extranjeros supieron que comenzaba un rito que se extendía mientras la carne de ballena alcanzara para los participantes. La actividad duró un mes, en el cual lo extranjeros, se decidieron por la abstinencia, por respeto a la costumbre indígena y a la Gracia de María, Madre de Jesús.

Sólo hacia el fin de la festividad pudieron hablar con el brujo mayor. Preguntó El Marqués por lo que pasaba y el Nativo dijo:

- Jaoba hakinam inkuliname temantokle. – Esas flores solo hacen el cambio sobre los cuerpos. –

Y luego dijo:

- Lainmetre olke. - Y ustedes son maricones hasta la médula.-

El rito terminó. El Marqués y La Prostituta, luego de mirar un momento las estrellas, se fueron a su tienda, para caer rápidamente, en los brazos de Morfeo.



Diego Letelier Delgadillo